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La Coctelera

Abriendo caminos

Si no tienes una mente abierta mejor no me leas, nunca nos entenderemos.

8 Febrero 2006

Templarios, los Caballeros de Cristo I

El Temple en la historia
Remontémonos en el tiempo hasta finales del siglo X. Los cristianos se habían puesto en camino para dirigirse en peregrinación hacia los lugares donde estaban enterrados los santos. Estos últimos habían intercedido sin duda en favor de los hombres y Dios había acabado dejándose conmover aplazando la destrucción prevista para el año 1000. Uno de los más eficaces debía de haber sido Santiago, quien, en Compostela, atraía a miles de hombres y de mujeres que abandonaban su familia, su trabajo, dejándolo todo para ir a rezarle en ese lugar de Galicia donde la tierra termina.
Se había estado muy cerca de la catástrofe definitiva, y las hambrunas del año 990 eran la prueba de ello. Se había evitado lo peor, y se conocía la forma: preciso era que los hombres emprendieran una y otra vez el camino, que los monjes orasen, que todos hicieran penitencia. ¿No convenía ir más lejos, llevar a cabo la peregrinación última, la única verdaderamente merecedora del viaje de una vida? O sea, ir a los lugares en donde el hijo de Dios había sufrido para redimir los pecados de los hombres: Jerusalén.
Unas multitudes cada vez más numerosas se pusieron en camino hacia Jerusalén. La ciudad pertenecía a los califas de Bagdad y de El Cairo que dejaban libre acceso a estos peregrinos. Pero todo cambió cuando los turcos se apoderaron de Jerusalén en 1090. Al comienzo, se limitaron a vejar a los cristianos, desvalijándoles a veces, infligiéndoles una humillación tras otra, obligándoles a adoptar actitudes contrarias a su religión. Paulatinamente, la situación se agravó: hubo ejecuciones, torturas. Se habló de peregrinos mutilados, abandonados desnudos en medio del desierto. Desde Constantinopla el emperador Alejo Conmeno había dado la señal de alarma.
Liberar Jerusalén
Occidente se conmocionó. Era intolerable que se diera muerte a los peregrinos. No se podían dejar los lugares santos en manos de los infieles. Pedro el Ermitaño, que había presenciado en Jerusalén verdaderos actos de barbarie, regresó totalmente decidido a sublevar a Europa y a poner a los cristianos en el camino de la cruzada. Por lo que respecta a los señores, se notaba más prudencia en su actitud. Más sensatez, sin duda, pero era también porque tenían más que perder: las tierras dejarían de estar protegidas, los bienes podían atraer la codicia ajena, etc.
El 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano II predicó ante un concilio provincial reunido en Clermont. Proclamó: «Todo el mundo debe hacer renuncia de sí y cargar con la cruz». El soberano pontífice veía también en ello una oportunidad para meter en cintura a esos laicos que se revolcaban en la lujuria o se dedicaban al bandidaje. Ir a liberar Jerusalén sería la vía de salvación.
Sin embargo, los cruzados no eran unos santos que digamos. A su paso, habían saqueado, violado, hasta el punto de que algunos cristianos orientales se vieron obligados a buscar refugio entre los turcos: era el colmo. Tampoco en Jerusalén se comportaron con particular caridad. Habiéndose refugiado numerosos musulmanes en la mezquita de Al-Aqsa, los cruzados los desalojaron y causaron una verdadera hecatombe.
El reino latino de Jerusalén
Sobre esta bases se fundó el reino latino de Jerusalén. Además del reino de Jerusalén, que abarcaba del Líbano al Sinaí, se fueron creando paulatinamente otros tres estados: el condado de Edesa al norte, medio franco, medio armenio, fundado por Balduino de Bolonia, hermano de Godofredo de Bouillon; el principado de Antioquía, que ocupaba la Siria del norte; y, por último, el condado de Trípoli.
Godofredo fue reemplazado por Balduino I. La conquista se había materializado, pero ahora se trataba de conservar y de administrar los territorios ganados. Era preciso conservar las ciudades y las plazas fuertes, velar por la seguridad de los caminos. El enemigo estaba vencido, pero no eliminado. Se fundaron unas órdenes encargadas de misiones diversas. Hubo, entre otras, la Orden Hospitalaria de Jerusalén en 1110, la Orden de los Hermanos Hospitalarios Teutónicos en 1112 y la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (futuros templarios) en 1118, siendo rey de Jerusalén Balduino II.
El nombre de la Orden del Temple no le fue dado hasta el año de 1128 con ocasión del concilio de Troyes, que codificó su organización. Muy pronto las donaciones se revelaron cuantiosas, el reclutamiento fue en aumento y cuando el primer gran maestre, Hugues de Payns, murió en 1136 y fue reemplazado por Robert de Craon, la Orden del Temple era ya coherente. Tres años más tarde, Inocencio III revisó algunas modalidades de la Regla y le concedió al Temple unos privilegios exorbitantes.
En 1144 Edesa fue recuperada por los musulmanes, lo que llevó a la organización de la segunda cruzada, predicada por san Bernardo en 1147 mientras la Orden del Temple seguía su proceso de adaptación y desarrollo. Durante todo este tiempo, los templarios estuvieron prácticamente presentes en todas las batallas.
En 1281 Felipe III, llamado el Atrevido, que había sucedido a san Luis en el trono de Francia, se extinguió, dejando su puesto a Felipe IV el Hermoso. Seis años más tarde, con la derrota de San Juan de Acre, en el curso de la cual el gran maestre de la Orden del Temple, Guillermo de Beaujeu, fue muerto, Tierra Santa se perdió y fue evacuada. Los templarios se replegaron a Chipre.
En 1289, Jacobo de Molay se convirtió en gran maestre de la orden. Como veremos, sería el último gran maestre. Organizó un año más tarde una expedición a Egipto, pero fue un fracaso: el reino latino de Jerusalén se había acabado para siempre.
Felipe el Hermoso se enfrentó violentamente al papa Bonifacio VIII, que le excomulgó en 1303. El soberano pontífice murió ese mismo año. En 1305, su sucesor, también en pésimas relaciones con Felipe el Hermoso, murió envenenado y el rey de Francia nombró papa a un hombre con el que había llegado a unos acuerdos: Bertrand de Got, que reinó bajo el nombre de Clemente V.
Ese mismo año se lanzaron unas acusaciones de extrema gravedad contra la Orden del Temple. Éstas tomaron la forma de denuncias hechas ante el rey de Francia. Acusaciones dudosas, pero realizadas en el momento oportuno: la orden inquietaba, ahora que su poderío no iba a ejercerse ya en Oriente.
En 1306, Felipe el Hermoso, siempre falto de dinero, expulsó a los judíos del reino de Francia, no sin antes haberles expoliado de sus bienes y de haber hecho torturar a algunos de ellos. En 1307 hizo apresar a todos los templarios del reino y para ello eligió la fecha del 13 de octubre. El 17 de noviembre el papa consintió en reclamar su arresto en toda Europa.
Extraído del libro La otra historia de los templarios, de Michel Lamy.
La herencia esotérica de los templarios
Todas las sociedades que han practicado la búsqueda del saber, en cualquier época y en cualquier país, se han comportado del mismo modo. Por un lado han mostrado un rostro acorde con el poder establecido y han seguido más o menos las normas de conducta vigentes allí donde estaban asentadas: ha sido su lado exotérico. Por otro, han creado en torno suyo una barrera infranqueable, tan imposible de trasponer que, muy a menudo, ha sido incluso ignorada por los que convivían con ellos.
La orden militar templaria nació –exotéricamente– con toda la garantía de acatamiento a la Iglesia y a los principios del cristianismo; en apariencia incluso con una pátina de fe y de pobreza más firme que muchas otras órdenes monásticas conocidas, reconocidas y veneradas. Hasta el momento mismo de su disolución, en que se les acusó de todos los pecados habidos y por haber, fueron un modelo de cristiandad, reconocido tanto por monarcas como por obispos y clérigos. Todo se hizo con una absoluta garantía de ortodoxia; la misma que habría de regir los ciento setenta y nueve años de existencia del Temple.
El mismo Bernardo de Clairvaux, que había sido el inspirador de la regla, escribiría personalmente para la orden de los caballeros de Cristo una Exortatio ad milites Templii en la que se les aconsejaba cristianamente sobre su doble comportamiento, en tanto que soldados y miembros de una comunidad religiosa.
Si repasamos fríamente la aparente ortodoxia templaria comprobamos que hay demasiados puntos en los que la regla y el comportamiento oficial de los caballeros de Cristo se condicionaron a una simbología arcaica, ya de por sí sospechosa de trascender los estrictos preceptos del gobierno eclesial. Y aún más: sus normas religiosas de conducta contienen detalles que proclaman, sin más, un sincretismo que supera ampliamente la estricta observancia del ritual del cristianismo.
Se ha escrito mucho sobre la eventual heterodoxia templaria y sobre los fines secretos y ocultistas de la orden. Muchas de las observaciones que se han hecho obedecen, sin un propósito explícito, a la justificación de una determinada actitud de la Iglesia y, sobre todo, del papa Clemente V, que permitió la extinción de los monjes guerreros del templo de Salomón. Sin embargo, por encima de apreciaciones sectarias, por encima incluso de justificaciones apasionadas o de visiones estrictamente racionalistas, se unen muchos motivos en una amalgama que sólo una explicación simbólica –trascendente y sincrética y, por tanto, heterodoxa– podría aclarar.
1) Los templarios mandaron realizar, a lo largo de su existencia, no menos de cinco traducciones del Libro de los Jueces, que es, sobre todo a través del Canto de Débora, una de las obras cumbres del simbolismo bíblico. Allí surgen, por primera vez en la Biblia, los abrevaderos de la sabiduría del Grial. El libro de los Jueces es, convenientemente estudiado, una de las grandes cumbres del pensamiento bíblico y, posiblemente, de las religiones universales.
2) La misión oficial que se impusieron a sí mismos los caballeros del Temple fue la custodia de los peregrinos que habrían de visitar los lugares santos de la cristiandad. Estos lugares, circunscritos en principio al ámbito de Tierra Santa, se ampliaron enseguida al camino de Santiago, prácticamente creado en su versión cristiana por los monjes benitos. Pero la peregrinación, en abstracto, era ya por sí sola una marcha –siempre simbólica– por el camino del saber trascendente. Más allá de sus supuestos fines penitenciales queda en los caminos una serie de indicios que marcan en el tiempo auténticas gradaciones del conocimiento y la iniciación, que el peregrino debe superar con su intuición del símbolo o con su personal sabiduría.
3) La casa madre de los templarios, en París, concedida por el rey Luis VI por intercesión directa de Bernardo de Clairvaux en 1137, estaba enclavada en la inmediata proximidad de la iglesia dedicada a la veneración de los hermanos gemelos Protasio y Gervasio, herederos ortodoxos de toda una tradición esotérica basada en el signo astrológico de Géminis.
4) Las fortalezas construidas por los templarios contenían, desde su misma planta, una serie de elementos estructurales que –no por casualidad– coincidían con toda una manifestación numerológica mágica de la realidad trascendente del edificio. Así sucedía con las torres octogonales (2 x 4) que a menudo presidían las construcciones o los campanarios levantados bajo su directa influencia. Así sucedía con los lados dados a los castillos (24 = 2 x 3 x 4) y hasta con el número de torres (12 = 3 x 4) que solían flanquearlos. Había una indudable identificación entre la cruz templaría y la concepción general de los edificios. Había igualmente una indudable preocupación astronómica que ligaba íntimamente las casas templarias a toda la tradición zodiacal y astrológica heredada de los magos caldeos a través de las reglas esotéricas de los sufíes musulmanes y de los cabalistas judíos.
Pero seamos prudentes, regresemos momentáneamente al menos a los caminos trillados de la ortodoxia.
¿Lo sabían ustedes? Pues bien, y de esto no cabe la menor duda, los buenos caballeros del Temple, los guardadores de caminos de peregrinos, los protectores de canteros y de constructores, fueron unos auténticos maestros en el manejo de la letra de cambio inventada por los mercaderes venecianos y genoveses.
Lo hacían del siguiente modo: un viajero deseaba efectuar un viaje de peregrinación o de negocios, se ponía en contacto con los templarios y depositaba en su encomienda más cercana el dinero que calculaba necesitar en su desplazamiento. Los templarios, contra ese dinero, le hacían entrega de un documento mediante el cual el viajero tenía la posibilidad de recuperar por tiempos sus fondos según fuera necesitándolos, en cualquier casa templaria de su camino y en la moneda de curso legal de cada tierra. El documento era personal, de modo que, al menos en teoría, quedaba garantizada la seguridad de la fortuna depositada contra cualquier tipo de robo o de suplantación.
Métodos como éste, con el añadido de las rentas, de los legados y de las donaciones que hacían muchas veces los nuevos miembros, pusieron a los monjes del Temple en situación de ser la potencia económica más fuerte de Europa y de todo el Mediterráneo. Con el dinero de la orden –no olvidemos que sus miembros hacían voto de pobreza personal– llegaron a dominar prácticamente la economía de los reinos cristianos de Oriente, y a ser los dueños efectivos, en competencia con genoveses y venecianos, del comercio marítimo mediterráneo.
La fortuna económica templaria –se dice– llegó a ser extraordinaria, y sobre ella se ha hecho toda clase de especulaciones, desde la afirmación –gratuita e improbable– de que poseían un secreto alquímico, hasta la sospecha –ya más fundada– de que lograron poner en explotación, con la ayuda de mineros germanos, las minas romanas de Coume-Sourde. Sólo se trata de suposiciones para justificar unos bienes que serían la única excusa para explicar su poder y las virtudes de su administración .
En su actuación peninsular, lo económico jugó también para los templarios un papel preponderante ya desde el principio de su asentamiento. La producción y la venta de sal en el reino de Aragón estuvo prácticamente en sus manos. No hubo acción guerrera en la que intervinieran sin la promesa o la esperanza de un beneficio económico o territorial. En este sentido, al margen de los fines expresados en su regla, se comportaron exactamente igual que cualquier otro grupo armado, nacional o feudal. En sus posesiones se atribuyeron siempre el derecho de recaudar impuestos locales, sin tener que dar cuenta a nadie, ni siquiera al rey, ni a las autoridades eclesiásticas superiores, porque el Temple no reconocía en la realidad ningún poder por debajo del papa.
Sin embargo, hay más de leyenda que de auténtica realidad en la supuesta fortuna fabulosa del Temple. O al menos hay que pensar que, jugando de nuevo las significantes del símbolo, todo cuanto se ha dicho respecto a los tesoros templarios va encaminado más hacia la pista de un tesoro interior –ficticio o real– que a un hipotético supercapital económico.
Es cierto, absolutamente cierto, que la orden poseyó muchos bienes. Prescindiendo de los datos proporcionados por los estudios realizados en Francia, las actas del concilio de Salamanca nos revelan que sólo en el reino de Castilla poseían 12 conventos y 24 bailías. Por su parte, Forey da una lista de 36 castillos o conventos templarios en los países que formaban parte de la corona de Aragón en el siglo XIII. Ahora bien, comparándolo con los bienes que por entonces tenían en Castilla o en Aragón, o en Portugal, las otras órdenes religiosas, ¿significa realmente una tan gran potencia económica todo ese cúmulo de posesiones?
Cuando la orden tenía oportunidad de adquirir dinero líquido se apresuraba a invertirlo en nuevos territorios previamente elegidos. Es así como cabe suponer que pudieron comprar en 1303 las tierras de Culla a Guillén de Anglesola por medio millón de sueldos jaqueses. Poco tiempo antes, según lo notifican los documentos, el gran maestre Jacobo de Molay había regresado de Chipre con todos los fondos de la orden en Oriente. Estos fondos fueron destinados a la adquisición de nuevos bienes; y a los templarios de Aragón pudo tocarles esto como a los de Francia les permitió la compra de nuevas tierras en el valle del Ródano, en Tréveris y en el Beaucaire.
Las encomiendas templarias eran de dos tipos: las hubo dedicadas al cultivo y a la cría de ganado. Otras, situadas en lugares más apartados y más inhóspitos, fueron centros iniciáticos de la orden; enclaves en los que muy probablemente se entregaron a la experiencia esotérica. Con las primeras ensayaron –con éxito, mal que les pesara a los señores feudales y a los reyes– un tipo de convivencia social nuevo, liberalizando a los hombres de la tierra con vistas a la experiencia futura de un gobierno universal que nunca pudieron siquiera proyectar. En las segundas prepararon a los escogidos de la orden para alcanzar un conocimiento que estaba precisamente allí, presente y escondido a la vez, en el mismo recinto de la encomienda o en sus proximidades.
En sus establecimientos ciudadanos buscaron también conscientemente la proximidad, la vecindad de los barrios judíos. Sucedía así en Ponferrada, en Gerona, en Aracena, en Valencia, en Mallorca. Este ha sido uno de los indicios que han hecho afirmarse a muchos historiadores sobre los fines económicos y comerciales del Temple. Era muy fácil la asociación: los judíos dedicados a los negocios, a la usura y al cobro de tributos. Junto a ellos, los templarios, banqueros y, ocasionalmente también, almojarifes de las rentas reales. Sin embargo, hay al menos una circunstancia que conduce a pensar en otras razones, una circunstancia que yo veo como fundamental a la hora de calibrar realidades y razones comerciales y económicas de los templarios, una circunstancia en la que intervienen nuevamente –aunque parezca mentira– las razones simbólicas.
«Tu alma ha sido pesada y ha sido encontrada falta de peso». Podría tratarse de una frase pronunciada por cualquier Shylock shakespeariano, ¿no es cierto? Una libra de carne, una libra de alma, ¿qué más da? Y, sin embargo, sí da. Porque se trata de una de las citas del Libro de los Muertos egipcio; la pronuncia el dios Toth, el Hermes helenizado por los seguidores de la magia esotérica egipcia.
Pongamos atención: Toth Hermes, el gran maestro del saber y de los primeros conocimientos alquímicos –el Hermes Trismegisto de la «Tabla de Esmeralda»–, pasó sin esfuerzo al panteón romano de amplias fauces y fue adoptado sin solución de continuidad como divinidad olímpica entre los latinos. Y César, al conquistar la Galia céltica, encontró una divinidad que fácilmente identificó con ese Mercurio importado de las creencias orientales.
Sin embargo, con uno u otro nombre, ese dios era Lug, el ser superior de los ligures precélticos, el maestro de todos los saberes, imposible de convertir en figura o en imagen antropomórfica. No volvamos ahora sobre él, sino sobre sus formas a través del tiempo. El cristianismo lo convirtió, a través de la Biblia, en san Miguel Arcángel, también pesador de almas y buscador y luchador incansable contra las fuerzas demoníacas negativas. San Miguel fue devoción templaria y benedictina a lo largo del siglo XII, se le dedicaron en la península más iglesias que a ningún otro santo y fue siempre advocación agraria en la Rioja, en el Ampurdán, en Navarra, en Castilla, y fue protector tanto de las almas de los muertos como de aquellos que se le encomendaron en vida buscando el conocimiento ancestral.
Hermes-Mercurio-Toth tiene en su mano un caduceo compuesto por una lanza rodeada de serpientes. Era su símbolo de poder, de trasmutación, de mensaje. Y, ¡atención!, en lengua vasca Hermes es el mensajero, y su símbolo, el caduceo, es la vara misteriosa y mágica. Una lengua neolítica, la más antigua conocida en el occidente europeo, la que aún emplea palabras líticas para designar instrumentos metálicos, conoce a Hermes y le define precisamente por su función estricta.
Y Hermes-Mercurio-Toth es heredero onomástico de Lug, el todopoderoso e innombrable, el vencedor de las serpientes, el ayudante de Perseo cuando el héroe ha de vencer a Medusa, prestándole sus «sandalias» aladas.
La herencia de ese Lug fue seguida, paso a paso, por los templarios a través de Mercurio y bajo la advocación de su heredero cristiano san Miguel, que también pesa las virtudes y los pecados para determinar el destino de los muertos. Pero Mercurio-Hermes es, como lo fue antes Lug, divinidad activa, no ociosa. Y el no-ocio es en lenguaje inmediato el negocio. El comercio, en su sentido más amplio.
El tesoro templario existía, y en realidad aún existe. Sólo que no se trata de un tesoro de monedas y piedras preciosas, ni de vasos materialmente valiosos. Es otro tipo de tesoro, simbólico como tantos otros símbolos ocultistas que el pueblo ha trasmitido sin conocer el significado exacto de las palabras.
Es significativo, tanto en la orden del Temple como en otros muchos aspectos de la historia oculta, que lo que los investigadores no han querido nunca reconocer lo ha proclamado sin más el pueblo y la tradición secular. Naturalmente, todo lo que el pueblo ha afirmado –o casi todo– ha sido sistemáticamente desmentido por los investigadores, por falta aparente de pruebas materiales o de documentos. Pero en estos casos no se ha tenido en cuenta algo muy importante en la tradición esotérica: que en ella los saberes, las prácticas, las órdenes, y en general las enseñanzas, se han trasmitido siempre oralmente, lo cual imposibilita que puedan hallarse documentos escritos que jamás existieron.
Sin embargo, hay algunos indicios que son, a mi modo de ver, esclarecedores de los fines ocultistas de los templarios. Son indicios que sobrepasan incluso con creces la fecha de su extinción, y que se dan precisamente en los lugares donde estuvieron asentados. Son, por ejemplo, un muy determinado tipo de imágenes religiosas que pueden considerarse como herencia críptica legada por los caballeros del Temple, utilizada simbólicamente por los monjes que ocuparon los lugares que fueron suyos.
Extraído del libro La meta secreta de los templarios, de Juan G. Atienza.

servido por donpelayo 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

daniii

daniii dijo

me gustaria mas si pudieran hacer un resumen de esto x ke es muy largo
y en realidad no me sirvio voy a seguir buscando x ke me hicieron 0 aporte
igual esto no era lo ke les pedia
pero ke + ke decir po
0 comentario
jaja
chao

16 Agosto 2006 | 12:19 AM

Julio Cesar Gonzalez

Julio Cesar Gonzalez dijo

Me gusto toda la informacion y la estructura del mismo.

Espero me puedan ayudar a encontrar informacion respecto a los templarios y el camino de Santiago de Compostela o alguna persona ya haya realizado el camino de Santiago de Compostela.

3 Febrero 2007 | 05:05 AM

amenazadodemuerte

amenazadodemuerte dijo

Han denunciado a la hija de la Ministra Carmen Calvo por suministrar bebidas alcohólicas con droga a un ex-Guardia Civil en un bar de fiesta de Salamanca, en Abril de 2005. Luego le intentaron asesinar echándole de la carretera.
Lo están tapando todo, la mafia institucionalizada.
Dicha mujer mantiene una relación sentimental con un mando de la Guardia Civil, probablemente un hijo del General Sáenz de Santamaría, General de la Guardia Civil.
Miembros de los servicios secretos del Estado están intentando por todos los medios de deshacerse del mencionado Guardia, envenenándolo y drogándolo, pero de manera subrepticia.
Los médicos y los jueces ocultan los hechos.
El Guardia les ha logrado poner en evidencia.
No quieren asignarle un abogado de oficio, a pesar de encontrarse incapacitado jurídicamente, hecho éste al igual que todo el procedimiento en su contra del todo arbitrario.

Esta es la Democracia y el Estado de Derecho de este país de mafiosos, en donde la mafia institucionalizada es la que nos gobierna.

4 Febrero 2007 | 06:34 PM

tEMPLARIO

tEMPLARIO dijo

Me ha encantado el comentario de los templarios

Me gustaria saber si hay gente que este interesada en el tema de los templarios para poder constatar con ellos.

5 Septiembre 2008 | 01:09 PM

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