Interpelación a Jesús de Nazaret - Salvador Freixedo
Tu lo has dicho. Tus doctrinarios saben explicar muy bien la frase y acaban diciéndonos con melifluas palabras que tú eres el «príncipe de la paz» y otras bellezas por el estilo.
Pero tu propia exégesis nos aclara el sentido de tu mensaje: «Por mí se alzará el hijo contra su padre y la hija contra su madre» (Mt 10,35), y «por mi causa seréis odiados, expulsados de los lugares y apedreados» (Le 21,12).
Efectivamente, viniste a traer la guerra, y la historia de tu Iglesia es la mejor prueba. Tus representantes, que se suponía fuesen «mansos y humildes de corazón» (Mt 11,29), tuvieron por muchos siglos ejércitos que mataban y saqueaban igual que los de los reyes llamados cristianos. La historia de tus fieles es por lo menos tan belicosa como la de los que nunca creyeron en ti. Las naciones «cristianas» han dominado el mundo y no con mansedumbre, sino con violencia y avaricia, saqueando a los pobres pueblos atrasados e indefensos. Puede ser que en alguna ocasión tuviesen que defenderse de las incursiones de los «bárbaros» no cristianos que querían invadir sus territorios; pero la mayor parte de las veces, a lo largo de la historia, no ha sido así. Las naciones «cristianas» invadieron, contra toda justicia, los territorios de los no cristianos, con la farisaica disculpa de que los querían «convertir» a la santa fe de Cristo. Es decir, los querían hacer tan avasalladores y tan ladrones como ellos.
Para esta inicua tarea iban los misioneros al lado de los soldados, y como no podía ser menos, las «conversiones en masa» se simultaneaban con las matanzas en masa de aquellos que no querían rendir sus derechos y sus mentes.
Esa ha sido la historia de Sudamérica y de gran parte de África. Los «convertimos» al mismo tiempo que les robábamos sus tierras y sus mujeres y les destruíamos sus templos y sus culturas. Los más vivos se quedaron por allá para culminar el expolio y convertirse con el paso del tiempo en sus grandes líderes políticos. Pero los pobres indios y los pobres negros han ido de mal en peor hasta el estado lamentable en que actualmente se encuentran: arruinados, transculturados y llenos de complejos al haber perdido su propia identidad; dominados por unos politicastros rapaces y frecuentemente asesinos, herederos de conquistadores y misioneros, y desesperados como pueblos al no ver solución para sus crecientes males. Pero eso sí, ¡con fe en ti! Siguiéndote como borregos en las grandes solemnidades y procesiones, creyendo — ¡ingenuos!— que tú vas a salvarlos de sus desgracias cuando tú eres el gran culpable de todo lo que les ha sucedido. Todos son cristianos y el continente está lleno de templos dedicados a ti. En las más altas montañas, por todas partes, se pueden ver grandes estatuas tuyas en ademán de bendecid a las pobres multitudes depauperadas y, en no pocas ocasiones, hambrientas.
Creen todavía en ti porque no saben, a pesar de que bien claro lo dijiste, que no venías a traer la paz, sino la guerra. ¡Qué bien has cumplido esta palabra tuya!
Y si miramos a la parte norte del continente americano nos encontramos con que allí tus cristianos actuaron de una manera muy diferente. Allí no derribaron templos, porque casi no los había, ni destruyeron culturas: allí tus cristianos cazaron a los indios igual que a los bisontes hasta que los aniquilaron. Cuando posteriormente se dieron cuenta de que aún quedaban algunos indios y unos pocos bisontes los metieron en «reservas» para que perdurasen como un recuerdo de lo que habían sido los primitivos pobladores de aquellas tierras.
A los bisontes les ha ido mejor que a los indios, porque se han multiplicado mientras pacen apaciblemente en los terrenos que les han sido acotados, mientras que los indios, sumergidos de repente y artificialmente en una cultura que no es la suya, agonizan diezmados por el aburrimiento y el alcohol.
Estos son tus cristianos, Jesús de Nazaret. Así actúan cuando quieren «extender tu reino». Lo extienden ál igual que lo extendió aquel otro alucinado llamado Mahoma: a golpe de espada, y con «guerras santas». Tus discípulos organizaron otras «guerras santas» a las que llamaron «cruzadas», y por amor a ti asesinaron a miles de seres humanos cuyo único pecado era no creer en ti.
Y si malos fueron para con los no creyentes, peores aún fueron entre sí, odiándose a muerte y matándose durante siglos por diferentes interpretaciones de tus confusas y contradictorias prédicas. ¿Por qué no dejaste nada escrito indicando claramente cuál era tu voluntad y cuáles eran tus ideas? Hubieses evitado las espantosas carnicerías que tus discípulos cometieron unos contra otros pensando todos que ellos eran los que interpretaban fielmente tus deseos y tu pensamiento.
La historia de Europa durante veinte siglos es una continua lucha entre tus seguidores. Primero se excomulgaban y se perseguían, porque unos decían que tú eras Dios y otros lo negaban. Más tarde, cuando tus representantes cogieron el poder civil o se aliaron a los que lo tenían, mataban a los que no se les sometían o incluso a los que no pensaban como ellos. Y más tarde aún, tus discípulos divididos en cien sectas, invocando todos tu nombre, organizaron guerras fratricidas que duraron siglos y que llenaron Europa de odio y de muertos.
¿No habías dicho tú que «estarías con tu Iglesia hasta el fin de los siglos»? (Mt 28,20). ¿No veías desde las alturas cómo tu Iglesia tenía y tiene desgarradas las entrañas con tantas divisiones y peleas? ¿Por qué entonces no la has socorrido y has permitido que se desmiembre en tantas sectas que todavía siguen haciéndose la guerra, aunque hoy ya no sea en los campos de batalla, sino mediante libros, en emisiones de radio y en las pantallas de televisión? O fallaste a tu promesa o hablaste por hablar, sin saber bien lo que decías, o no tienes poder ninguno desde el más allá sobre este cúmulo de confusas creencias que se ha extendido por el mundo como un tumor canceroso.
Hoy día ya las ideas religiosas en Occidente no son como antaño causas de guerras, porque las sociedades más evolucionadas han caído en la cuenta de que los dogmas que tus representantes siguen sosteniendo no tienen sentido. Hoy día las guerras vienen de la paranoia y de las ambiciones de unos cuantos audaces a quienes la masa borreguil escoge «democráticamente» o que se han adueñado del poder por la violencia o el engaño.
Pero si las «guerras de religión» han pasado a la historia, todavía se dan infinitas batallas familiares y sociales contra los «herejes» que no quieren someterse al credo «cristiano» oficial.
El que esto escribe sabe muy bien lo que son estas «batallas sociales» debidas a la religión, por haberlas padecido en propia carne a raíz de su rebelión contra los dogmas y contra el fariseísmo de los jerarcas. Con motivo de mi libro Mi Iglesia duerme, escrito hace ya más de veinte años, muchos de los que hasta entonces habían sido grandes amigos no volvieron a dirigirme la palabra y se apartaban de mí como de un apestado.
Y con gran dolor tengo también que decir que personas que me querían entrañablemente comenzaron a sufrir cuando cayeron en cuenta que mis ideas ya no eran «ortodoxas». El amor que me tenían les impidió alejarse de mí, pero entre nosotros se hizo un vacío que no existía antes.
Efectivamente, viniste a traer la guerra, y hasta te jactas de ello contradiciéndote a ti mismo.
Tu frase «el que no está conmigo está contra mí» (Le 11,23) es el perfecto lema de la intolerancia, y nos da la pauta para toda la violencia que vemos en la actuación de tus seguidores a lo largo de la historia, y hasta de la ascética predicada por tus fanáticos «directores de almas» y místicos. «¡Guerra contra sí mismo!» «¡Guerra al placer!» «¡Guerra a las pasiones!» «¡Guerra al sexo!» Todo lo agradable de la naturaleza es sospechoso para ti y para tus ascetas. Ya lo dijiste con otras palabras, indicadoras de tu talante rigorista y apasionado: «La vida del hombre sobre la Tierra es lucha.»
Y los aturdidos hombres nos preguntamos: lucha..., ¿por qué? ¿No entraste en el mundo invocando la paz? ¿No es la lucha enemiga de la paz? ¿No te presentabas a tus discípulos, después de tu crucifixión, diciéndoles como primer saludo, «la paz sea con vosotros»? (Jn 20,19) ¿No es la vida ya de por sí bastante agitada y dificultosa para que encima vengas tú a hacérnosla más difícil?
Jesús de Nazaret, ¡déjanos en paz! y no nos acongojes más el alma con tus amenazas, con tus prohibiciones y tus mandamientos antinaturales. Si realmente quieres ayudar a esta doliente humanidad, líbrala de sus estúpidos líderes, que en lugar de ayudarnos a vivir racionalmente y en paz, y en vez de gastar el dinero que nos sacan en proporcionarnos bienestar lo gastan en darse buena vida y en pagarle a los maniacos de la guerra para que sigan fabricando armas y nos tengan muertos de miedo. Hacen lo mismo que tú: nos dicen que se sacrifican por nosotros y que su trabajo es sólo por nuestro bien, pero la cruel realidad es que nos llenan de angustia, robándonos nuestro dinero y nuestra paz.
Si realmente amas a la humanidad, danos líderes que realmente sean «mansos y humildes de corazón» como tú predicabas y como ciertamente no han sido tus representantes y seguidores. Danos la paz que nos prometiste y que no nos dejaste: «Mi paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27) ¿Hablabas en serio? ¿Cuándo ha habido paz en el mundo ? No la hubo antes de venir tú y siguió sin haberla después que te fuiste. No sólo entre los que nunca te conocieron, sino entre los que se decían seguidores tuyos, que inflamados con tus prédicas fanáticas hicieron correr ríos de sangre en el mundo entero y abusaron in-misericordemente de los pueblos menos desarrollados.
«Mi paz os dejo, mi paz os doy»... ¡Qué ciegos están tus seguidores y qué ciego estuve yo por tantos años al no ver la enorme mentira de esta y de otras muchas palabras que tú ilusoriamente dijiste y que tus interesados «representantes» han seguido repitiendo pomposamente, aunque viesen a su alrededor a la miseria, al odio y a la guerra campando por sus respetos.
Tú dijiste que «tu paz no era como la del mundo» (Jn 14,27). No sabemos cómo es la paz del mundo, pero tampoco sabemos cómo es la tuya, porque a lo largo de la historia hemos podido ver muchas veces cómo hombres y mujeres que se entregaron a ti en cuerpo y alma, y que lógicamente deberían haberse hecho merecedores de la paz que tu prometiste, se vieron atropellados injustamente y privados no sólo de la paz sino de la vida. ¿Dónde estabas tú para hacer valer tu promesa? Esperemos que los estuvieses aguardando en el «reino de los cielos»; porque también habías dicho que «de los pobres de espíritu seria el reino de los cielos» (Mt 5,9). Esperemos; porque ciertamente ni a los pacíficos ni a los pobres de espíritu les ha ido nunca demasiado bien en el reino de la Tierra.